¡Qué difícil es definir, y convencerse, de que alguien es feo! No estamos hablando de deformaciones horribles de la naturaleza o por accidente.
En primer lugar, los cánones de belleza han variado tanto a lo largo de los siglos que nadie sería capaz de encontrar un hilo conductor entre las “gordas” de Rubens y las modelos de pasarela de hoy en día.
Y, sin embargo, para concretar la belleza es imprescindible que tengamos su contrario. Es decir, la fealdad. Sin ella no sabríamos contemplar y admirar la otra.
Con el paso de los tiempos lo que ha resultado es que la sociedad no admite la fealdad porque se entiende que todos podemos y tenemos la obligación de acceder a los medios que se ofrecen para paliarla. Y quien no lo hace porque no puede o no quiere, se arriesga a la soledad y hasta al rechazo de los otros.
Es un tema que hay que pensarlo dos veces, por lo menos.

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