Jordi Costa es el periodista pop por antonomasia. Curtido en el universo de los fanzines de culto, y cronista precoz de todo lo relacionado con el cómic, el cine de género, la música popular y los fenómenos culturales más freaks, viene colaborando desde su tierna adolescencia, y sigue haciéndolo, en los medios mayoritarios más importantes de nuestro país, tanto en prensa como en televisión y radio; escribiendo verdaderos manuales imprescindibles de la “cultura basura” (a destacar “Hay algo ahí afuera”, 1997, “Mondo Bulldog”, 1999, “Vida Mostrenca”, 2002, “Todd Solondz: En los suburbios de la felicidad”, 2005 y “El sexo que habla”, 2006); o comisariando exposiciones visionarias.
Darío Adanti es un ilustrador marciano, aunque nacido en Buenos Aires, principalmente conocido por sus surrealistas personajes de Caspa radiactiva, para el semanario El Jueves (entre otros bizarros seres como Cabeza de tostadora o El Calavera. Autor de cortos animados locos y fuertemente influenciado por la serie Z y el arte mexicano más explosivo.Juntos han dado forma a un nuevo estilo de columnismo periodístico ácido, lisérgico y brillante, probablemente único, en el que las imágenes de Ché Qué Loco y el Mostrenco Articulista (o lo que es lo mismo, Adanti y Costa) se complementan a la perfección y nos dan lecciones de historia y anatomía de la cultura Pop.
Su última sinfonía didáctica es “Monstruos modernos”, no por casualidad publicada por la editorial especializada en cómic Astiberri, donde por un momento se alejan del cine de serie B y de los personajes maravillosamente extraños, y recopilan las disecciones que durante más de un año realizaron para el magacine mainstream On Madrid, ofreciéndonos su particular visión de la serie A, de los aspectos y elementos culturales más comunes y habituales de la sociedad contemporánea. Las piscinas, los estrenos de cine mayoritarios o los fenómenos telesivivos más en boga pasaron durante un año por su trituradora Pop, y en este libro, de obligatoria adquisición, nos lo sirven en bandeja.
Con permiso de los autores, publicamos un extracto del mismo. Concretamente, el artículo que nos habla de un término que nos viene al pelo en este blog: los singles, ese palabro:
LOS SINGLES O EL CONSUMISMO EN SINGULAR
ÚLTIMOS RASTROS: Tras la celebración del Salón Singles en el Ifema, llega al Palacio de Deportes, Single IndLife: una gran ocasión para el speed dating y la puesta a punto de ese carisma en singular que abre las puertas de un futuro algo inquietante.
- 1. La vida moderna: Hoy en día, nuestra existencia podría desarrollarse por completo en un recinto ferial. Como ya parecían haber intuido el Jacques Tati de “Traffic” o el J.G. Ballard de la última época (la que va de “Furia feroz” a la recién salida del horno “Kingdom Come”), la feria de muestras (o cualquier entorno sintético de nuestra anti-utopía consumista) no es que sea una metáfora del mundo: es que es, directamente, el mundo. En otras palabras, nuestra vida es lo que se desarrolla entre el Salón de la Infancia y la Juventud y Funeralia. Cabe la posibilidad de invertir el tiempo que queda en medio yendo, por ejemplo, al Single IndLife.
2. El concepto “single”: A un tío que anda solo por la calle se le puede considerar, siempre con cierto margen de error, un sospechoso. Del mismo modo, quien conjugaba la vida en singular había sido, durante un considerable espacio de tiempo, considerado como el factor sospechoso de la ecuación social. El “single” (concepto de última hora) es aquello que sigue siendo una incógnita cuando la visibilidad gay ha mostrado todas sus cartas. Es, en suma, la evolución del solterón o solterona: el (o la) que se quedaba para vestir santos reformulad@ como target de mercado. El “single” es la glamurización del soltero en tanto que posible consumidor de incontables ofertas de ocio. De ahí que haya sido lógica e inevitable la creación de los llamados Salones Single, entornos feriales para esquilmar al solterón trascendido y propiciar, mediante ortopédicos rituales, su cortejo de la solterona. Y viceversa.
3. Una experiencia singular: Al entrar en el Salón Singles (celebrado en el Ifema hace un par de semanas), uno tenía la ocasión de convertirse en símbolo. Había un stand en el que al varón se la daba un tornillo y a la hembra, una tuerca. La diversión consistía en encontrar la tuerca que encajara en tu tornillo para que te tocase un viaje (y, quizás, de paso, una media naranja). En otro stand, el de Canal Cocina, tornillos y tuercas pasaban a ser pepitos y donuts. Vi a una señora que lucía en su solapa una pegatina en la que leí: “Soy el Donut Nº3”. He ahí, pues, una nueva definición del “single”: es el soltero reducido a chusca metáfora sexual. Cabe suponer, pues, que el concepto “single” supone una superación de viejas reivindicaciones feministas. Y algo más: supone la abolición de la eterna lucha para dejar de ser motores de la supervivencia de la especie y convertirnos, de una vez por todas, en individuos. El Salón Singles encierra un material con el que Neil Labute o Michel Houllebecq se frotarían las manos.

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